Si en el futuro los historiadores quisieran dejar constancia de lo que aconteció, de este desafortunado suceso y de su posterior desenlace, deberían explicar que, por establecer un cierto paralelismo, la guerra se había extendido como se extiende la peste, sin dejar rincón ni familia infectada por la desgracia. Y de la misma forma, su germen originario había desaparecido. Ahí terminaban los puntos en común. Porque la humanidad seguramente lograría sobrevivir a numerosas pestes y plagas, haciéndose más fuerte, más sabia, aprendiendo primero a combatirlas, después a dominarlas y finalmente, sino a erradicarlas, a desterrarlas y olvidarlas en lugares alejados de su prospera civilización, en la que no había cabida para molestias que alterasen la frenética actividad. Para Alemania muchos de esos esfuerzos habían quedado sepultados en profundos agujeros, cubiertos por muertos y moribundos que no tardarían mucho en correr su misma suerte, sin tiempo para comprender qué había sucedido, ni esperanza para encontrar explicaciones en un futuro cercano. Podían darse por satisfechos, habían alcanzado el más alto nivel de sofisticación hasta el punto de que la destrucción causada era definitiva. Tan pronto pudo contemplar el horizonte comprendió que eso era lo más duro del desenlace, que resultaba inverosímil.
El sólido refuerzo de hormigón armado había resistido el fuerte asedio de los morteros soviéticos pero el centro de Berlín se encontraba sepultado en mitad de una nube de polvo y humo tan densa que le parecía caminar en mitad de una noche polar sin estrellas. Al avanzar, no sólo se percató de que estaba amaneciendo, también el ambiente se le antojaba cálido y enrarecido. Con asombro empezó a darse cuenta del devastador aspecto que presentaba la ciudad y que, si bien había sido en todo momento consciente de la cruel hostilidad, jamás hubiese calculado las consecuencias y el poder destructivo de las ofensivas finales. Enseguida encontró la boca de ventilación que bajaba al subterráneo del metro. Levantó la reja y se aseguró de que la escalera de hierro fuese estable. Descendió con precaución tanteando cada peldaño. Antes de introducirse por completo alzó la vista y contempló que todo el cielo era un resplandor rojizo.
Durante su reclusión había tenido tiempo de escuchar diversas hipótesis y tácticas. No eran detalles de su incumbencia. Su misión, desde el principio, había sido bien distinta y en absoluto dependía de estas u otras deliberaciones, ni podía verse alterada si las mismas conducían al éxito o al fracaso. La decisión era inamovible, aunque no quedase ni rastro de Berlín existía un orden para que cada uno de los que siguiesen con vida abandonasen el refugio el día previsto. El resultado ya no dependía de Berlín, recordó. Eran daños colaterales, predecibles, pudiendo variar su alcance y gravedad en función de los acontecimientos. En la parte más baja de la escala se situaba la remota probabilidad de que la unidad de los aliados se fraccionase. Si hubiese sucedido podía esperarse como mínimo una resolución diplomática beneficiosa. En los valores medios se hallaba la presunción de que la resistencia se prolongase una semana más, siendo más complicado efectuar un pronóstico del estado que presentarían las calles pero advirtiendo que su misión cobraría una importancia vital y que la amenaza en el exterior podía ir desde caer en el fuego cruzado o verse atrapado en mitad de nuevas tensiones y una disputa interna en la que hubiese sido complejo determinar a qué bando pertenecía
La absoluta destrucción que vio representaba la cumbre de la escala: un final inminente en el que ya poco importaba quién hubiese sido el vencedor.
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La Chanson du déserteur
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El sólido refuerzo de hormigón armado había resistido el fuerte asedio de los morteros soviéticos pero el centro de Berlín se encontraba sepultado en mitad de una nube de polvo y humo tan densa que le parecía caminar en mitad de una noche polar sin estrellas. Al avanzar, no sólo se percató de que estaba amaneciendo, también el ambiente se le antojaba cálido y enrarecido. Con asombro empezó a darse cuenta del devastador aspecto que presentaba la ciudad y que, si bien había sido en todo momento consciente de la cruel hostilidad, jamás hubiese calculado las consecuencias y el poder destructivo de las ofensivas finales. Enseguida encontró la boca de ventilación que bajaba al subterráneo del metro. Levantó la reja y se aseguró de que la escalera de hierro fuese estable. Descendió con precaución tanteando cada peldaño. Antes de introducirse por completo alzó la vista y contempló que todo el cielo era un resplandor rojizo.
Durante su reclusión había tenido tiempo de escuchar diversas hipótesis y tácticas. No eran detalles de su incumbencia. Su misión, desde el principio, había sido bien distinta y en absoluto dependía de estas u otras deliberaciones, ni podía verse alterada si las mismas conducían al éxito o al fracaso. La decisión era inamovible, aunque no quedase ni rastro de Berlín existía un orden para que cada uno de los que siguiesen con vida abandonasen el refugio el día previsto. El resultado ya no dependía de Berlín, recordó. Eran daños colaterales, predecibles, pudiendo variar su alcance y gravedad en función de los acontecimientos. En la parte más baja de la escala se situaba la remota probabilidad de que la unidad de los aliados se fraccionase. Si hubiese sucedido podía esperarse como mínimo una resolución diplomática beneficiosa. En los valores medios se hallaba la presunción de que la resistencia se prolongase una semana más, siendo más complicado efectuar un pronóstico del estado que presentarían las calles pero advirtiendo que su misión cobraría una importancia vital y que la amenaza en el exterior podía ir desde caer en el fuego cruzado o verse atrapado en mitad de nuevas tensiones y una disputa interna en la que hubiese sido complejo determinar a qué bando pertenecía
La absoluta destrucción que vio representaba la cumbre de la escala: un final inminente en el que ya poco importaba quién hubiese sido el vencedor.

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