lunes, 19 de octubre de 2009

Chap. 1 - LE CIEL DE BERLIN (2ème Partie)


La noche era ya avanzada. No había luna y la negrura invadía el áspero terreno de escombros y cenizas. No oyó ningún disparo. Los muros de la Cancillería estaban mudos. Al abandonar el refugio y salir a la calle se sintió desprotegido, en cierto modo porque el viento de la guerra soplaba frío y desgarrador, pero la desnudez a la que se exponía guardaba una relación más estrecha con su interior, con la conciencia de si mismo, de las consecuencias pero no de las causas, de la afección pero no de la dolencia. Si había emprendido un viaje cuyo único sentido fuese cargar con el peso de su pasado e ir vaciando los bolsillos de cualquier rastro de arrepentimiento, entonces la evasión terminaría por convertirse en una irónica condena, mayor y más cruel si cabe que la que le inflingirían si alguien llegaba a reconocerle. Recorrer los surcos de su vida suponía querer ver las cosas desde un lugar demasiado distante y sin embargo no haber conseguido alejarse lo suficiente, a decir verdad, ni lo más mínimo del lugar de partida.



Se encogió en su abrigo aligerando el paso mientras intentaba mantener la calma. Debía concentrarse en aplacar aquella idea terrible que trataba de ganar terreno entre la maraña de pensamientos que le rondaban: el desertor, tarde o temprano, se siente desamparado y vuelve pidiendo perdón. Esta inquietud, de persistir, podía acabar perforando su coraza, hacerle ver que, al igual que sus semejantes, él no era más que sentimientos y debilidades encerrados en una cárcel de carne y hueso. No era el momento de desfallecer pero, luchar, qué gran ironía, tampoco sabía si estaba preparado para combatir. A pesar de todo apretó con más fuerza los brazos contra su cuerpo para advertir la reconfortable presencia del viejo revolver Walther. Lo verdaderamente importante era seguir el plan que con tanto celo había trazado: huir. Los demás se encontrarían ya a salvo. En cualquier caso, debía evitar luchar a cuerpo descubierto, teniendo en cuenta sus condiciones ni siquiera hubiese podido ensuciarse los botines en el fango que había dejado las batalla a su paso.


La posibilidad de que utilizase el arma no le parecía aún relevante.


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