“Puesto que los acontecimientos nos superan, finjamos que somos sus organizadores…”
Jean Cocteau
1945, Berlín, Alemania
Poco antes de desaparecer tuvo la certeza de que su mente era universal, una pequeña caja de Pandora, cuya única llave se llevaría consigo allá donde fuese. Dentro estaba todo, que era mucho más que sus propios actos, o sus palabras.
Aquel enigma que sólo él conocía, lejos de comprenderlo en su inmensa complejidad, iba dentro de esa cajita, apunto de cerrarse. Pensó que debía haber muchos misterios y muchas cajitas. Brevemente le asaltó la duda. Imaginó lo absurdo que sería depositarlas, una tras otra, en un colosal estante. Absurdo, con toda seguridad, no podía contemplar la posibilidad de que existiese una persona en la que confiar a esas alturas y que pudiera empeñar su propia vida en la delicada labor de ordenarlas, ni siquiera imaginaba criterio alguno por el que guiarse a la hora de clasificarlas. Planos, nombres, fechas, lugares... No. Se le antojaba injusto y, además, existía la posibilidad de que alguna se extraviase, lo que hubiese sido inaceptable en ese caso.
Cerró la pesada puerta. En su cara se dibujó una mueca, lo que casi era una sonrisa disimulada, escondiendo nostalgia e impaciencia al mismo tiempo. Llevaba algunos días así, entregado de lleno a los cálculos, probabilidades y consideraciones. Tal era la confusión que le producían todos los mundos que había vivido, que restaba importancia a cosas que en otro momento hubieran manejado el timón de su destino. Le alivió escuchar por fin sus pasos, lánguidos y musicales, alejándose de aquel lugar, por última vez.
Aunque la guerra había terminado Berlín seguiría en ruinas

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