El punto de reunión estaba cerca. El plan, su propio plan, era perfecto así que todo tenía que haber salido bien. Aunque tratándose de esos malditos alemanes, tan organizados y minuciosos para sus asuntos y tan intransigentes para seguir las instrucciones de un extranjero… Por un instante dudó. Sencillo y transparente, hasta para ellos, concluyó. Los temores eran infundados. Había demostrado que sabía desenvolverse en las circunstancias más adversas y, sin embargo, la única condecoración que había recibido hasta el momento era que le tratasen con absoluta indeferencia como si le estuviesen perdonando la vida.
Recordó con nitidez la mañana del 20 de Abril. Aunque los últimos meses hubiera permanecido como una sombra cerca del refugio, era la primera vez que accedía a el. Le acompañaba Eva Braun o, mejor dicho, Bormann le había asignado la escolta de la mujer como pretexto para tenerle cerca cuando hubiese que ultimar los detalles de la operación. El relevo se había ordenado aquel día coincidiendo con las numerosas visitas que se esperaban. Los fotógrafos y los responsables de prensa del partido se disponían a ocupar sus posiciones en el momento en que Eva daba por concluido su paseo matinal y abandonaban los jardines en dirección al refugio. Él se mantuvo rezagado, no habían cruzado ni una sola palabra, en primer lugar porque su cometido no era el de ofrecerle conversación y, en parte también, porque su mente ya estaba puesta en las entrañas de la tierra. Una delegación del ejército, algunos chicos de las juventudes, los dirigentes del Estado Mayor más próximos al lugar y sus asesores se encontraban esa mañana en el parque de la Cancillería. Reparó en su presencia pero no se detuvo, como tenía por costumbre, en indagar los distintos motivos que les había llevado a congregarse. En la lejanía escuchó los saludos y las promesas de lealtad imperecedera, conocía el ritual, después las condecoraciones y algunas palabras para que los jóvenes soldados volviesen a sus frentes con el ánimo renovado. Los dirigentes, mientras tanto, debían discutir como apurar las escasas opciones que quedaban para seguir con vida.
A pesar de contar, entre otras comodidades, con un innovador sistema de ventilación preparado para filtrar la mayoría de los gases utilizados en los asaltos, le sorprendió que allí abajo el ambiente resultase tan cargado. Antes de llegar al final de la escalinata ya se apreciaba un desagradable olor que debía responder a la acumulación de tensiones que se cocinaban en el último nivel, a quince metros bajo la superficie. En ese aspecto, era mucho peor de lo que imaginaba. Había sido capaz de visualizar las proporciones y divisiones, había contado los peldaños de las escalinatas y calculado cuanto se tardaba en recorrer cada uno de los pasajes que formaban el complicado laberinto de túneles y refugios enterrados bajo la Cancillería, había dedicado varios meses a un exhaustivo estudio de unos planos inertes y, sin embargo, había pasado por alto el único factor que podía variar la exactitud de los números: sus moradores.
Conocía mejor cada rincón del subterráneo de Berlín que el propio Speer, su arquitecto. La Cancillería Nueva era el centro neurálgico de operaciones y se hallaba en el corazón de un complejo de edificios gubernamentales. Bajo ellos existían numerosos refugios antiaéreos para el personal y pasajes que los comunicaban entre sí, pero ninguno se asemejaba al creado por la empresa Hochtief y que Speer había perfeccionado. La construcción se dividía en dos niveles simétricos, cada uno con un pasillo central que dividía las estancias distribuidas a cada lado. Al superior podía accederse desde la Cancillería Nueva y desde la Vieja. En las cuatro divisiones del margen izquierdo se ubicaban la cocina, el almacén, el depósito y el comedor. En el lado opuesto estaban dispuestos el cuarto de los sirvientes, una habitación con varias camas para los auxiliares y una estancia doble con espacio para más dormitorios y un pequeño despacho. Este sobrio espacio comunicaba por escalera con un nivel inferior en el que no se habían escatimado los lujos. Disponía de sala de máquinas y aire acondicionado así como de una pequeña perrera y un amplio baño para las visitas en la zona de acceso. La zona central se había destinado a despachos, la sala de comunicaciones y un consultorio médico emplazados a la derecha y la lujosa suite en la que se instalaba Eva a la izquierda. El espacio destinado para la sala de conferencias se hallaba al fondo, flanqueado por los cuarteles de la guardia y limitando con un estudio y una sala de estar que blindaban la habitación más apartada. El corredor desembocaba en un hall desde el que una escalinata comunicaba con el ministerio de asuntos exteriores. De no ser por la falta de luz natural y las opresivas paredes de tres metros de espesor le hubiese parecido un suntuoso palacete.
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La Chanson du déserteur
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Recordó con nitidez la mañana del 20 de Abril. Aunque los últimos meses hubiera permanecido como una sombra cerca del refugio, era la primera vez que accedía a el. Le acompañaba Eva Braun o, mejor dicho, Bormann le había asignado la escolta de la mujer como pretexto para tenerle cerca cuando hubiese que ultimar los detalles de la operación. El relevo se había ordenado aquel día coincidiendo con las numerosas visitas que se esperaban. Los fotógrafos y los responsables de prensa del partido se disponían a ocupar sus posiciones en el momento en que Eva daba por concluido su paseo matinal y abandonaban los jardines en dirección al refugio. Él se mantuvo rezagado, no habían cruzado ni una sola palabra, en primer lugar porque su cometido no era el de ofrecerle conversación y, en parte también, porque su mente ya estaba puesta en las entrañas de la tierra. Una delegación del ejército, algunos chicos de las juventudes, los dirigentes del Estado Mayor más próximos al lugar y sus asesores se encontraban esa mañana en el parque de la Cancillería. Reparó en su presencia pero no se detuvo, como tenía por costumbre, en indagar los distintos motivos que les había llevado a congregarse. En la lejanía escuchó los saludos y las promesas de lealtad imperecedera, conocía el ritual, después las condecoraciones y algunas palabras para que los jóvenes soldados volviesen a sus frentes con el ánimo renovado. Los dirigentes, mientras tanto, debían discutir como apurar las escasas opciones que quedaban para seguir con vida.
A pesar de contar, entre otras comodidades, con un innovador sistema de ventilación preparado para filtrar la mayoría de los gases utilizados en los asaltos, le sorprendió que allí abajo el ambiente resultase tan cargado. Antes de llegar al final de la escalinata ya se apreciaba un desagradable olor que debía responder a la acumulación de tensiones que se cocinaban en el último nivel, a quince metros bajo la superficie. En ese aspecto, era mucho peor de lo que imaginaba. Había sido capaz de visualizar las proporciones y divisiones, había contado los peldaños de las escalinatas y calculado cuanto se tardaba en recorrer cada uno de los pasajes que formaban el complicado laberinto de túneles y refugios enterrados bajo la Cancillería, había dedicado varios meses a un exhaustivo estudio de unos planos inertes y, sin embargo, había pasado por alto el único factor que podía variar la exactitud de los números: sus moradores.
Conocía mejor cada rincón del subterráneo de Berlín que el propio Speer, su arquitecto. La Cancillería Nueva era el centro neurálgico de operaciones y se hallaba en el corazón de un complejo de edificios gubernamentales. Bajo ellos existían numerosos refugios antiaéreos para el personal y pasajes que los comunicaban entre sí, pero ninguno se asemejaba al creado por la empresa Hochtief y que Speer había perfeccionado. La construcción se dividía en dos niveles simétricos, cada uno con un pasillo central que dividía las estancias distribuidas a cada lado. Al superior podía accederse desde la Cancillería Nueva y desde la Vieja. En las cuatro divisiones del margen izquierdo se ubicaban la cocina, el almacén, el depósito y el comedor. En el lado opuesto estaban dispuestos el cuarto de los sirvientes, una habitación con varias camas para los auxiliares y una estancia doble con espacio para más dormitorios y un pequeño despacho. Este sobrio espacio comunicaba por escalera con un nivel inferior en el que no se habían escatimado los lujos. Disponía de sala de máquinas y aire acondicionado así como de una pequeña perrera y un amplio baño para las visitas en la zona de acceso. La zona central se había destinado a despachos, la sala de comunicaciones y un consultorio médico emplazados a la derecha y la lujosa suite en la que se instalaba Eva a la izquierda. El espacio destinado para la sala de conferencias se hallaba al fondo, flanqueado por los cuarteles de la guardia y limitando con un estudio y una sala de estar que blindaban la habitación más apartada. El corredor desembocaba en un hall desde el que una escalinata comunicaba con el ministerio de asuntos exteriores. De no ser por la falta de luz natural y las opresivas paredes de tres metros de espesor le hubiese parecido un suntuoso palacete.

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