miércoles, 21 de octubre de 2009

Chap. 1 - LE CIEL DE BERLIN (4ème Partie)


Inició un rápido análisis para reconstruir los hechos. Las informaciones habrían sido confusas. El rumor difundido de un suicidio en el interior del refugio habría provocado un éxodo masivo de los civiles para no caer en manos de las hordas rojas. Las comunicaciones del Jefe de la Cancillería Martin Bormann también habrían llegados a oídos de los Aliados. Stalin, al representar el peligro más inminente, debía ser el primer receptor. El cruce de informaciones, las reuniones precipitadas, el pánico de unos y las celebraciones de los otros serían suficientes para conseguir un breve alto al fuego. Un margen exiguo de tiempo que no dependía de su plan. Ese era el único cabo suelto puesto que se basaba en una presunción.



Resultaba trágico observar que, aun teniendo en cuenta el estado de excepción declarado así como las evacuaciones previstas para los civiles, los millares de cuerpos yaciendo fundidos sobre el asfalto con las ropas quemadas y consumidos como momias eran la evidencia de una orgullosa resistencia por defender aquel lugar. Supuso que, a fin de cuentas, las columnas de llamas que aún devoraban las calles y plazas de Berlín no significaban nada, tan sólo se le antojaban el testimonio del último y desesperado intento por encontrar una solución improbable a un problema impensable cuatro años antes.


Las conjeturas le sirvieron para tranquilizarse. Prefería reservarse una impresión distante y personal a asumir que terminaría pasando por la incomoda situación de tener que conocer los detalles. De inmediato le invadió la resignación. Sí, lo asumía como parte inherente del pacto. No, no lo necesitaba. La tranquilidad y la resignación eran a veces una misma percepción, como quedarse al borde de un acantilado esperando a que alguien apareciese para empujarle. Las palabras, las fotografías, los fragmentos y pormenores se encontraban por todas partes, de modo que no eran necesarios más detalles. El mundo, sucio y abatido, había llamado a todos sus ejércitos y estos habían acudido al son de una marcha de infinita tristeza, bajo la fina lluvia que siempre les acompañaba. Dirigiéndose a los túneles descubrió como cientos de personas que habían buscado refugio en el acceso principal de la estación habían perecido asfixiados formando una masa retorcida de marionetas humanas. La única persona que vio con vida, una mujer caminando trémula con la mirada ausente, le pareció un fantasma de escarcha y ceniza con los brazos huesudos asomando entre los jirones de su vieja sábana. Fiel a su instinto de supervivencia apartó la mirada, no fuese que una mayor atención le provocara caer en un lapso de lo que entendía por irracional compasión. A esas alturas no estaba seguro de mantener aquella peculiaridad tan humana y no era ni el lugar ni el momento más adecuado para comprobarlo. Nada de lo que había sucedido podría ya despertar en su interior el menor sentimiento de culpabilidad. No había matado pero se hallaba en posesión de la ecuanimidad que le procuraban las innumerables ejecuciones a las que había asistido. Casi no se reconocía, más bien no recordaba quién había sido antes del pacto y en qué se convertiría cuando obtuviese su recompensa.


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