En realidad, y no muere por ser real, tiempo ha que visité el lecho de Afrodita. Fue donde me conocí, inolvidable e inevitable cómo me reconozco.
Susurraba la primavera en los jardines, descubría el sol lejanos parajes, pálidas las sombras del invierno huían dejando a su paso diamantes en las veredas. Murmuraban los árboles rozados por el viento, acariciados por las leves alas de las aves que, en su incesante trazar de esbelta figura, conmovían aquellos verdes confines. Flores de sutil fragancia, corales tendidos a la luz azul, naciendo como trémulas columnas en el crepúsculo.
En realidad, y no muere por ser real, que aquella inocencia divina mía embriagaba el aire, con el pecho descubierto hasta los huesos, el sol en el cabello, en los hombros, en las rodillas, en la piel láctea. Quizás el primer recuerdo. Así llegué, así era todo desde la colina en el que se encontraba. Ante mis ojos tan sólo medio mundo girando, no me hacía falta volverme para ver si se movía la otra mitad; medio mundo era inmenso y yo el centro, solo, frágil, perdido en aquel lugar, sin pan ni palabras.
Épico y confuso, todo empezó cuando descendí al mar, con el único alimento de un puñado de emociones.
Vida que soñé en sus brazos
Sueño que murió por haber despertado
Virgen de belleza, tosca de ilustración
Vida inviolada, luz azul
Con la inocencia del cielo.
Vida, nunca invitada al jardín de mi poesía,
Porque, a fin de cuentas,
Tú eres su aroma, esencia
Y pálpito de la melancolía
Etiquetas:
“Les poèmes de l'enfant (1990-1999)"
•

0 comentarios:
Publicar un comentario