domingo, 15 de noviembre de 2009

Chap. 2 - L'ÉTRANGER ET LA PORTE BLEUE (3ème Partie)




En el camino que recorrieron desde la entrada de la propiedad hasta el edificio del patrón descubrió una abundante materia prima que, como si fuera barro, podría modelar a su antojo. Para empezar delimitaría la propiedad, respetaría el arco de entrada y planificaría un patio enlosado. Era un buen punto de partida en mitad de aquel paraje inmerso en la salvaje naturaleza. Una calzada ancha conduciría al edificio principal, de su tronco nacerían vías secundarias distribuidas de forma simétrica que lo comunicarían con las cuadras, fábricas y demás cobertizos que, en lugar de diseminarse al azar, redistribuiría en la parte posterior de la vivienda. De la casa, observó, mantendría el podio sobre el que se elevaba pero reformaría y ensancharía la endeble escalinata que llevaba a la puerta principal. La fachada colmaría la atención del visitante pero era necesario que los arcos de su portal la ocupasen por completo para que no diese la impresión de estar descentrada. Mentalmente tomó nota de aquel esbozo que con el tiempo perfeccionaría.



Entre tanto el dueño de la hacienda parecía despreocupado y resuelto mientras a su paso eran esquivados por carros, carretas, hombres, mujeres y animales. A pesar de su baja estatura, la vestimenta blanca y holgada del patrón despuntaba en medio de la polvareda que causaba aquel frenesí de idas y venidas, consiguiendo un efecto similar al de un faro que advertía a los navíos de la inminente presencia del acantilado. Sus gestos ocasionales revelaban que conocía en todo momento la posición y el cometido que desarrollaba cada uno de los esclavos y capataces que componían su enjambre. Al llegar al pórtico se puso la mano sobre la frente y oteó el horizonte como si quisiera cerciorarse de que la escena transcurría con normalidad para poder ausentarse. Después de agitar los brazos haciendo señales a alguien que Louis no consiguió distinguir, se dio media vuelta y con agradable cortesía hizo pasar a su invitado al interior de la vivienda.

Al cerrar las puertas el bullicio se sofocó e incluso el clima parecía agradable y ventilado allí dentro. Atravesaron un gran arco lobulado que separaba la sala recibidor y accedieron a un salón espacioso, con la luz filtrándose a través de las persianas y rebotando con uniformidad sobre las paredes pintadas de color azul, mientras que el suelo de barro cocido favorecía la sensación de frescor. Louis empezó a comprender que, alejado de cualquier sofisticación, todo en el entorno que lo rodeaba cumplía con eficacia un determinado propósito. Tampoco rehuían de esta sencillez la rústica mesa y las sillas de caña y mimbre en las que se dispusieron a retomar la conversación. Antes de que hubieran tenido tiempo de sentarse apareció en silencio una joven desde una de las habitaciones que flanqueaban el salón y saludó con una tímida reverencia. Tenía la tez tostada y el cabello azabache recogido en una larga trenza. Ernesto le habló con suavidad.

- Marina, nuestro huésped a hecho un largo viaje así que deberá recobrar fuerzas, sírvenos algo para comer y vino – se limitó a decir sin darle oportunidad a Louis para excusarse.

La joven desapareció y los dos hombres se miraron. Louis se encontraba incómodo puesto que había perdido la iniciativa y ahora vacilaba en seguir hablando sin contar con el beneplácito o, al menos, con la atención del señor Alameda.

- Gracias por su amabilidad – dijo con la esperanza de avanzar

- No tiene que agradecérmelo, me corresponde ser hospitalario, si bien usted ha sido oportuno. Le confieso que no es habitual disfrutar de esta tranquilidad, hoy mi familia ha salido de excursión para disfrutar del sol en la costa y el viejo ha preferido tomarse el día libre.

Louis asintió aunque en realidad no le importaban los detalles que rodeaban la vida del hombre. Decidió que prosiguiera sin interrumpirle hasta que se presentase su oportunidad.

- Una numerosa familia, bien avenida, es el don más valioso que un hombre puede recibir de Dios. En ella encontramos el amparo cuando nos sentimos tristes, nos da la fuerza necesaria para reponernos de las penurias y comparte nuestros sueños y alegrías. Sin ella, sólo queda de nosotros el ánima errante de quien escarba la tierra buscando bienes materiales que puedan sustituirla. A veces los encontramos y apaciguan la soledad, no durante mucho tiempo, en cambio, cuando la desdicha llama a la puerta del hombre huraño se queda con él hasta el final de sus días.

Le pareció estar escuchando la propia voz de su conciencia y bajó la vista avergonzado, seguro de que no tardaría en hacerle alguna pregunta embarazosa que él no sabría responder. Lo último que hubiese considerado era tener que expiar sus pecados para después darse media vuelta habiendo perdido un día entero y agotado en balde sus últimas opciones.

- Conozco esa responsabilidad de la que me habla – mintió Louis – es la razón que me ha traído ante usted.

- Tienes problemas ¿verdad?

- Sepa lo terrible que resulta haber tenido todo el oro que pueda imaginar y en un día haberlo perdido todo, despojados y expulsados de nuestras tierras – dijo empleando un tono lastimero.

- ¡Dios mío!

- Mis padres y mis hermanos fueron asesinados vilmente – continuó, sintiéndose desbocado por la embriaguez que le producía la farsa – todo cuanto pude hacer fue escapar con mi mujer, que ahora se encuentra convaleciente de una grave enfermedad.

- Ha sido muy desgraciado y también muy valiente – dijo Alameda dubitativo – pero ¿qué le trajo hasta aquí?

- Verá, hubiese tenido que abandonar la ciudad de todas formas, pensé en buscar refugio en el bosque, pero con el invierno encima no hubiésemos tardado en perecer, así que tomamos un barco y nos establecimos en una propiedad del norte tratando de cultivar las tierras con nuestras manos ya que no disponemos de esclavos.

- ¿Y de dónde sacó el dinero para comprar las tierras?

Louis titubeó, pero no había vuelta atrás, estaba dispuesto a salvar cualquier objeción

- Pedí prestado a un allegado de la familia, a condición de devolvérselo con intereses.

- Entiendo – reflexionó llevándose de nuevo la mano a su bigote – cuando llegué a este lugar pasé por circunstancias similares. Es evidente que tuvimos distinta suerte.

- En cualquier caso – se impacientó Louis – en mi situación no puedo regresar incumpliendo mi palabra, pero tampoco sobreviviremos mucho tiempo sin nada de que alimentarnos.

- Sí, de eso no hay duda – el hombre pareció preocupado- pero comprenda que no encuentro el motivo en que pueda servirle ayuda. Suponiendo que haya pagado un precio justo por sus tierras y añadiendo el valor de los intereses, envejecería para reunir una suma aproximada si dependiese del salario de que perciben mis hombres más valiosos.

¿Le estaba proponiendo trabajar a cambio de una paupérrima comida, un techo bajo el que dormir hacinado y algunas monedas? Ernesto no parecía un hombre deshonesto de los que labraban sus fortunas a costa de aprovecharse de los desvalidos, quizás le hubiese mal interpretado aunque, pensándolo con detenimiento, al tratar de conmoverle con su trágica y quimérica existencia se había olvidado de dejar constancia de sus verdaderas pretensiones.

- Mis servicios nada tienen que ver, le reportarían otras ventajas, soy constructor reputado, puedo asegurárselo.

Al escuchar esto Alameda se echó a reír. Louis, sin saber muy bien como reaccionar, permaneció con gesto desencajado a la espera de conocer qué le había parecido tan divertido.

- Espero no haberle ofendido - se disculpó – ahora sí que no entiendo nada.

La conversación se vio interrumpida cuando la joven apareció de nuevo para servirles la comida. Aunque estuviese hambriento, las inciertas palabras de Ernesto habían aplacado el apetito de Louis. Aguardaba con ansiedad que, tan pronto se retirase la muchacha, pudiera explicarle con mayor claridad a qué se estaba refiriendo y si se encontraba dispuesto a ayudarle. Su anfitrión, sin embargo, no habló de inmediato. Antes hubo de desfilar un gran banquete. Primero, un formidable cuenco de arroz amarilleado con semillas de bijol, aliñado con ajo y zumo de lima, y en el que completando su presentación, había cuatro bananas indias cocinadas y servidas con piel. Luego hizo su entrada una tortilla de plátano rellena de carne de cerdo picante que había sido asada al fuego y bañada con leche de coco, envolviendo el ambiente en una aromática neblina. Pescado variado y fresco, que nunca había probado antes, incluyendo gambas flambeadas con ron, caracolas, carne de tortuga y un delicioso pez rojo de río servido crudo. Louis no recordaba tan exquisitos manjares y, a pesar de haber recobrado un voraz apetito, le supuso un esfuerzo considerable terminarlo todo. Después, le sobrevino un incontrolable sopor y temió que, con el estómago lleno, sus percepciones no fuesen capaces de despertar a tiempo para la tertulia.

Louis continuaba exhausto con la mano en el vientre cuando Ernesto se levantó y desapareció para volver con una caja de madera de la que extrajo dos puros, acto del que se sirvió para retomar la conversación explicándole como había diversificado sus cultivos adquiriendo progresivamente terrenos para la plantación de caña y tabaco. Sin rivalizar con otras haciendas y procurando no llamar la atención en exceso había establecido una ruta de exportación e importación con sus compatriotas de Medellín. El flujo de mercancías era constante y muy variado pero no podía compararse con las enormes cantidades que transportaban los comerciantes europeos a sus puertos. Precisamente, ese factor era la clave del éxito de sus transacciones, basadas en la movilidad y en la eliminación de costosas estructuras, de las que obtenía pequeñas cantidades de dinero pero con un gran margen de ganancia respecto a los costes iniciales. Louis se mostraba contrariado, con la sensación de estar asistiendo a una clase sobre finanzas que no aclaraba de ningún modo su futuro. Entre otras cosas, el desconocimiento total del lugar que demostraba Louis, extrañaba a Ernesto. Su experiencia como hacendado y consejero frecuente de otros que querían seguir sus pasos le decía que aquel hombre era una completa calamidad o que no le estaba contando toda la verdad. Un constructor, un médico o un profesor europeo se hubiese establecido en La Habana en vez de adentrarse en La Sierra. Un hombre con unos recursos limitados no se hubiese atrevido a iniciar sus andanzas en mitad de un territorio desconocido, acompañado por una mujer enferma y sin disponer de la suficiente experiencia. Pero ¿y si realmente hubiera sido así? ¿Cómo es que había permanecido aislado y manteniéndose al margen de lo que estaba sucediendo en la isla?

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viernes, 13 de noviembre de 2009

Chap. 2 - L'ÉTRANGER ET LA PORTE BLEUE (2ème Partie)




Antes de ser sorprendido por la mañana Louis sesgaba el tallo del alba con su machete, acortando camino a través del frondoso bosque tropical con paso decidido. Al marcharse tomó sus viejos cartapacios y la última vasija de vino, que había guardado a la espera de festejar la llegada de los vientos de la prosperidad, para salir en silencio, no sin antes haber besado en la frente a Agnès, un beso que venía a significar lo mismo que amor y miedo. Louis nunca había pronunciado la palabra miedo y tampoco la palabra amor así que, de algún modo, era su forma de expresarle que, aunque últimamente hablaban poco, la seguía amando. Resultaba complicado explicar cómo habían llegado a tal extremo, tan difícil cómo preguntarse por qué el agua le había llegado al cuello sin terminar de ahogarle.



La hacienda Esmeraldita descansaba junto al río San Juan y debía su nombre a la hija del terrateniente Ernesto Alameda, un comerciante que recién llegado de Colombia había adquirido la pequeña finca en un estado ruinoso. Limitado por la escasez de terrenos y los arcaicos medios con que contaba a su alcance, se entregó con sacrificio a la visión reveladora de explotar las reservas que aquellas tierras debían esconder, por insignificantes que fueran, y comenzó a cultivar frutos silvestres con la intención de después venderlos a los grandes propietarios de los cafetales como alimento para los esclavos que trabajaban en sus campos. Hubiese resultado incoherente establecerse en aquella balsa de madera junto al río para competir con el resto de productores del valle, en su mayoría franceses, que habían huido del país después de la revolución y habían comprado a los españoles vastos dominios a cambio de pequeñas cantidades de dinero. Al no representar una amenaza para sus negocios, Ernesto consiguió integrarse de forma natural en un mercado floreciente, no exento de complejas disputas que él observaba plácidamente desde la otra orilla. Los beneficios, cada vez mayores, los invertía a partes iguales en ampliar sus posesiones y realizar transacciones esporádicas con otros comerciantes de su país. No tardó en percatarse que por medio de esta última actividad obtenía, además de sustanciales ganancias, reconocimiento entre sus compatriotas de Medellín, quienes cada vez con mayor frecuencia se presentaban en Esmeraldita para solicitarle ayuda y consejo. Su empresa era, sin duda, el espejo en el que se reflejaban los aventureros e idealistas, pero ante todo representaba la obra cumbre de un hombre pragmático que, lejos de improvisar la ópera de los dioses, había compuesto un sublime adagio terrenal. Louis, por el contrario, animado por los ecos de conquista y laurel que llegaban a Francia con la espuma del Atlántico, se había embarcado como almirante en un tardío e inoportuno viaje a bordo de un bergantín que, al igual que un cascarón arrojado a los designios de Zeus, naufragaba día tras día en su osada lid contra los cañones del imperio del café. Quizás se había imaginado a sí mismo como un Carlomagno o un Napoleón que, valiéndose del ingenio por espada, extendería sus dominios allá por donde pisara. Era Louis en su mente un conquistador, un aventurero, un inventor o un rico mercader, pero ninguna de aquellas banderas habían servido para alcanzar la humilde finalidad que se había propuesto al abandonar París y emprender aquel largo éxodo. Llevar una vida digna.

Bautizado con un nombre tan eterno como sus pintorescas aspiraciones, sólo quedó de aquel hombre un breve Louis para presentarse ante el acaudalado e inteligente Ernesto Alameda. Sin más preámbulos, puesto que temía olvidar la oratoria que en el camino había preparado, le confesó que había acudido hasta él, dada su reputación en los negocios, con el propósito de exponerle una cuestión de suma importancia. Pausó en un susurro las últimas palabras, figurando que de este modo conferiría mayor misterio al asunto. A continuación, fue sincero al confesarle que todo lo que conservaba de su patrimonio era el vino arruinado de su tierra natal y la sabia perenne de su conocimiento que ilustraba las páginas de los libros que sostenía en la otra mano. Las palabras, que habían sonado naturales en su interior, se tornaban artificiales y huecas nada más abandonar sus labios. Tomó aire y volvió a concentrarse en no perder el ritmo de su argumentación y ya se disponía a abrir los ocres lomos que contenían el verdadero motivo de la visita cuando se detuvo desconcertado al comprobar que los ojos del hacendado fijaban su atención en la vasija. Louis trató de ocultar su pesadumbre por no haber despertado en el anfitrión ni siquiera un atisbo de curiosidad y por un instante sospechó que, debido al idioma y al ímpetu con que brotaban las palabras, éste le habría confundido con un vendedor ambulante. En verdad tenía Ernesto esa peculiaridad de los hombres que, por nunca dejar de pensar, los hace retraídos y distantes, como si no escucharan a nadie o no les interesase lo que sucede a su alrededor. Sin embargo, le había visto llegar, advirtiendo en la lejanía los pasos de un alma desesperada, observando en la aproximación las heridas de la vida en la camisa y comprendiendo en la cercanía la súplica y la sed de sus palabras. Por supuesto que entendía y hablaba perfectamente su idioma, a ciegas reconocía a un mercader con apretarle la mano, solo que atusaba su bigote con aire absorto al hallarse dividido entre atender la historia de aquel peculiar francés y desdoblar una ocurrencia que había tenido al verle con aquella vasija de vino.

- Muy bien – dijo por fin Ernesto haciendo gala de una correcta pronunciación – le escucharé pero será mejor que pase y charlemos sin prisa.

La invitación fue motivo suficiente para que las esperanzas que Louis había depositado en aquella visita se vieran renovadas y comenzó de inmediato a contemplar un sinfín de posibilidades y grandiosos proyectos, imaginando incluso como utilizaría las ganancias que percibiría.

La noche anterior Louis había recapitulando para, sino herirse con su conducta, analizar al menos cada una de las decisiones que le habían llevado a perder el control de su destino, concluyendo, para su resignación, que todas las acciones que había emprendido se instalaban habitualmente en la falta de planificación y el urgente deseo de obtener logros en un corto plazo de tiempo. Supuso un avance considerable empezar por reconocer que la perseverancia no se hallaba entre sus virtudes y que posiblemente, puesto que no podía asumir que el peso de la culpabilidad recayese por completo sobre él, se había dejado arrastrar por la excitación que le provocaban los ecos de aventura y riqueza procedentes del nuevo mundo. París permanecería siempre en el mismo lugar. Además, qué fortuna era comparable a la de un hombre que afronta el desafío en compañía de la mujer que amaba. Este pensamiento le perturbó. Necesitaba de todo su ingenio para resolver la situación, pero las palabras de Agnès se habían aferrado a su mente, impidiendo que pudiese echar a volar. Recorrió despacio y pensativo las opciones que le restaban. Enseguida le aterró la idea de regresar. Louis se agitó como un condenado en la horca pero, en ese preciso momento, antes de que la escotilla se abriese bajo sus pies, sintió aliviado una mano absolutoria sobre su cabeza. Sí, la respuesta se encontraba en París y sin embargo no era necesario que tuviese que cruzar de nuevo el océano para dar con ella. Del mismo modo que algunos objetos de valor quedan olvidados bajo la cama debido al apresuramiento con que el viajero parte al encuentro de su destino, Louis había extraviado los vestigios de su pasado en un oscuro cajón el mismo día que había dejado en el horizonte el puerto de Le Havre y para Agnès también supuso la perdida progresiva del hombre que había creído conocer alguna vez.

Al fin me atraparon las garras de mi familia, temió aquella noche. Louis quiso pensar en el verdadero motivo que le había llevado a renegar de los conocimientos que había adquirido y comprendió que no existía una razón objetiva que le impidiera construir. Podía quemar su pasado y el de su familia, renegar de sus apellidos e incluso de su sangre, engañarse con haber emprendido una aventura para encubrir lo que en realidad había sido una huida desesperada. Quedarían las brasas del resentimiento, pero en la distancia no hallaba inconveniente para cumplir su verdadera misión. Fuese producto de la necesidad o del instinto, se sintió seguro de su posibilidades por primera vez en mucho tiempo. Precisaba seguridad, consciente de que un nuevo fracaso le conduciría irremediablemente a morir de hambre. Era probable que en los negocios fuera un ingenuo soñador sin ninguna experiencia, pero conservaba intacto su talento con los planos y las herramientas.


En realidad no tenía una idea consumada de quien era Ernesto Alameda. Había trabajado con la presunción de que, por ser el único no francés de quién había oído hablar en el valle, pudiese valorar sus servicios. Por muy rico, importante y respetado que se pudiese considerar un hombre nunca alcanzaría el reconocimiento si no era capaza de rodarse de la distinción propia de los emperadores. Todos los grandes imperios debían erigir palacios y monumentos a la altura de sus conquistas, era la culminación esperada para inmortalizar sus hazañas. Sin lugar a dudas ese era un encargo que Louis pensaba reservado para sí mismo.

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domingo, 8 de noviembre de 2009

L'époque précoce (XII-XVI)


XII




enterrado bajo el plomizo cielo

de la dormida ciudad

en tierras todavía frías

descendiendo por la ciudad

de luces desnuda

pálida y dormida

todavía fría

enterrado

como una estrella

en cualquier ventana

mirando la ciudad que brilla



XIII



astillas de rancia madera

del domingo

tanta soledad

en el dintel de las despedidas

que ni siquiera

lo vivimos

de hecho volvió a huir

siempre sucede

huye y me condena

a musitar en el vacío



XIV



no busquéis bajo los puentes

del cielo

ni en sus agitadas

corrientes



no busquéis horizonte

alguno

no quiero llantos

ahora



que los espejos del atardecer

rotos

han podido separarnos

y el llanto



en este bosque de otoño

sin hojas

sucumbe a tan amargo

sabor



no arrojéis desde los puentes

del cielo

lágrimas a los mares

prefiero



rosas en mi pensamiento

y el aire

alimentando benévolo

las últimas

bocanadas de felicidad





XV



el día en que las mariposas

invadieron nuestra ciudad

yo callaba bajo un trágico silencio

cuando te encontré

el día que las mariposas

derretían nuestro cielo

llevabas un vestido

de hermoso pánico

caminamos entre nuestros dedos

y el humo suave

devolvía a veces alguna sonrisa

yo callaba proseguimos

tú ya te sentías libre

pero el día era de las mariposas

y mi pobre prisión

dolía más que nunca

todo y nada era especial

todo nuestro camino

nada todo lo demás

creo que siempre llegamos

supimos volver de noche

sin luna cubierta de mariposas



XVI



he envenenado un suspiro

con mi grave silencio

he llenado de dolor

la fuente de los cisnes

degollados ahora

que de su sangre viven

no se arrepienten

mis crueles entrañas

ni los ojos inocentes

que no ven la mañana

no se arrepienten

ha muerto la belleza

de sed de incertidumbre

de rabia de miseria

nunca lo supe

pero belleza no queda

el tiempo la cubre

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sábado, 7 de noviembre de 2009

Chap. 2 - L'ÉTRANGER ET LA PORTE BLEUE (1ère Partie)




“Los hombres profundamente tristes se ponen en evidencia cuando son felices; tienen una manera de agarrar la felicidad, como si quisieran estrangularla y ahogarla, por celos”



Nietzsche, Friedrich

1869, Sierra del Rosario, Cuba.


Agnès lloraba sin expresión, doblada sobre una taza de café. Nubló sus ojos, vertiendo lágrimas frías que brotaron como de un cántaro agrietado. Sintió el recorrido de una gota surcando su mejilla pétrea y en el abismo del rostro se dejó caer en llanto. Louis le acarició el cabello y la mujer se calmó, recogiendo su mar con la palma de la mano ahuecada. Después se frotó la frente intentando enjuagarse el rostro con su propio desahogo mientras movía la taza acumulando distancia.

- ¿Cuándo abandonaremos esta miseria? – preguntó entre sollozos.

Louis permanecía de pié junto a ella, una tormenta de aguas saladas bañó su abrupto corazón y trató de reprimir la emoción congelando la mirada en los ojos de Agnès.

- No lo sé – era la primera vez en mucho tiempo que dudaba – pero sigo teniendo fe, la suerte no puede ser tan esquiva.

Ella calló sin querer oír y apretó con fuerza su taza como pretendiendo romper con la mano el témpano de su memoria. Ya no digería las aventuras de Louis, ni la lenta espera para ver cumplida aquella promesa que le había hecho el día en que partieron. El dinero se estaba agotando y ahora remaban sobre un tronco talado, zarandeados por la turbulenta corriente de los meses consumidos.

- Agnès, haz el favor de entenderlo, no puedo volver a París con las manos vacías.

- Está bien Louis, es tu sueño, eres tú quien lo persigues. He permanecido a tu lado con la esperanza de que las cosas cambiarían o, si no cambiaban, esperaba que al menos te dieses cuenta y lo aceptaras. Si de verdad te importamos – dijo llevándose la mano al vientre – piensa en nuestro porvenir.

- No dejo de pensar en nosotros, lo hago continuamente, día y noche, es la única luz que me guía y me da fuerzas para seguir aun cuando otros hubiesen abandonado. ¡Sé que hay esperanza! Quién sabe, la oportunidad puede presentarse hoy mismo. Si decidiésemos regresar, podría presentarse horas después de nuestra marcha, cuando en esta taza sólo queden los posos de nuestros lamentos. El destino es caprichoso, lo conozco, sólo recompensa al paciente, a quien insiste sin desesperar. Agnès, concédeme, concédenos esa oportunidad.



La mujer bebió su llanto ennegrecido por el café y salió de la casa para escupir el último trago en una de las macetas desperdigadas a lo largo del mirador. Su expresión se mudó perdida, perdida en el regazo de los cafetales, perdida en un dominio privilegiado y salvaje donde la vida se sucedía imperturbable ante el peregrinaje de los extraños. La tarde se derramaba sobre la sierra, las palmas se prolongaban como la sombra de una mano gigantesca extendiéndose para alcanzar el grano del campo. Aquellas vistas la habían retenido más tiempo del previsto, con la realidad aplastada, con los labios sellados y dóciles cuando Louis partía a buscar la felicidad de los dos, con el silencio devorando a las palabras cuando regresaba cansado lamentándose, hoy no pudo ser, quizás mañana. El destierro no está hecho para los hombres, sólo está hecho para sí mismo. Louis no lo entendía, él siempre tan decidido a cortar los hilos de la memoria para no recordar los errores, decidido a matar la luna para que no llegase la noche, decidido a buscar la cura al viejo problema con un remedio que todavía no se había hallado.



En el interior, Louis, plenamente desamado, se acomodó en un rincón para rastrear en la imaginación el camino que les condujese a la felicidad. Hizo un paneo milimétrico y cadente para descubrir paredes vacías, suelo desnudo y estrellas en la techumbre. Una brutal y apretada pena estuvo a punto de estallar en su interior arrastrándolo todo como un furioso río de lava caliente Aquel no era el sueño prometido. Agnès y la criatura que estaba por llegar merecían algo mejor. Para eso él era el arquitecto de los sueños imposibles. La respuesta no la encontraría volviendo sobre sus pasos, aunque el océano siempre aguardase inmóvil, como una puerta azul abierta de par en par esperando a ser traspasada, porque al otro lado aguardaba la perdición. En Francia vivirían arruinados y en la clandestinidad, nadie le confiaría techo o trabajo a un hombre con deudas. El deseo y la verdad no eran playas nocturnas separadas por aguas navegables. En París quedarían las calles que nunca volverían a recorrer sin el temor de ser señalados, los estanques en los que sus sonrisas no se verían reflejadas, las gentes con quienes no volverían a hablar. Terminar como extranjeros en su propia tierra no sería mejor que perdurar olvidados lejos de ella. Así caviló en profundidad durante horas, sin escuchar a los extraños animales que tomaban la noche, sin advertir los desconsolados pasos de Agnès dirigiéndose al camastro. Tal era su convicción que, a fuerza de replanteos e intuiciones, terminó por tropezar con una idea audaz, en exceso arriesgada. Incluso de entrada la hubiese rechazado por superar el propósito inicial.

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jueves, 5 de noviembre de 2009

Chap. 1 - LE CIEL DE BERLIN (9ème Partie)


Todavía tarareaba Rosas Rojas, la última canción que sonara en el refugio, cuando regresó de su mundo de evocaciones para encontrarse caminando en equilibrio sobre un rail. De forma milagrosa tuvo tiempo para reaccionar, esquivando por centímetros un enorme socavón en las vías provocado por el impacto de uno de los muchos obuses llovidos en las últimas fechas. Se sintió alentado al pensar que, salvo ese tropiezo, el trayecto había sido más tranquilo de lo que hubiera podido suponer en un principio. Sin embargo, no podía bajar la guardia. La bóveda del metro se había hundido y como una catarata la luz se derramaba desde lo alto. Los escombros obstruían el paso. Si optaba por dar media vuelta perdería mucho tiempo. Sopesó la distancia que le separaba de la superficie. No le quedaba alternativa así que decidió trepar la montaña de ladrillos. La base tenía los escombros más pesados y por tanto los apoyos resultaban seguros pero en el tramo final resbaló dos o tres veces y poco le faltó para dar con sus huesos en el fondo del túnel. Finalmente, cubierto de polvo y sin apenas poder abrir los ojos consiguió posar una mano en la calzada. Al asomarse sintió una calma excepcional.




Continuó caminando al aire libre. La calle estaba devorada por una bruma terrosa entre la que se distinguía el centelleo de los incendios proyectado sobre los muros de los ruinosos edificios que aún seguían en pie. A medida que avanzaba el calor se iba haciendo infernal y el azul del cielo se mezclaba a intervalos con la opacidad amarillenta que brotaba de la tierra dando como resultado una verdosa y mortecina atmósfera en la que todo parecía irreal. Sintió que se le revolvía el estomago y sus ojos se tornaban febriles. Estaba perdiendo el sentido de la orientación, enseguida todo se redujo a una extenuante procesión entre paredes ennegrecidas, sorteando las trincheras abandonadas y los restos de tanques reventados a lo largo de todo el recorrido. Perdido, sólo le quedaba la esperanza de marchar en la misma dirección que había seguido, aunque vacilase ante la perspectiva de que no fuera la correcta y que, en cualquier momento, aparecieran las siluetas de los rusos emergiendo desde el frente enemigo. La situación empeoraba y se trataría de una cuestión de tiempo que sus temores se hiciesen realidad si no encontraba una nueva entrada al subterráneo.



Asumía el color de un trágico destino cuando percibió en la distancia un creciente murmullo. Levantó la vista. Quiso decir algo pero, como si las imágenes se sucediesen de forma retardada, el vapor de su aliento quedó detenido frente a sus ojos. Después apareció su mano extendida, alzándose en un gesto defensivo. No recordaba haberse puesto aquellos guantes azules. Una luz cegadora le envolvió. Después el resplandor se volvió intermitente. Sin seguir una cadencia normal. Creía percibirlo más próxima con cada destello aunque por momentos el fogonazo se alejaba para de inmediato volver a ganar el terreno perdido con una súbita aceleración. El suelo empezó a temblar y sintió como bajo sus pies se abría una grieta. Escuchó como algunas piedras se precipitaban en una caída que parecía no tener final. Estaba paralizado. No, tan temprano no. Un escalofrió le recorrió la espalda. No era miedo ya que no temía morir. No era angustia por haber fracasado cuando se encontraba tan cerca de cumplir su objetivo y tampoco desilusión por quedarse sin su recompensa. Los hombres con un pasado inconfesable acaban sus días sin esperanza en el futuro.



Entonces supo a qué se había debido el escalofrío. La respuesta la halló poco antes de que la luz le diera alcance y sus tímpanos pareciesen estallar en mil pedazos Aunque siempre había terminado por encontrar una solución a los problemas que se le habían presentado le pareció una revelación simple y absurda. La respuesta no estaba sujeta a su pasado, ni determinaba su futuro. El estremecimiento se debía al presente, a una realidad incoherente.

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miércoles, 4 de noviembre de 2009

Chap. 1 - LE CIEL DE BERLIN (8ème Partie)



La vida deparaba irónicos giros cuando uno menos lo sospechaba. Quién le hubiese dicho un año antes a Bormann que la colaboración de Speer iba a ser su única esperanza para salir del atolladero en el que se encontraban. La extraña paradoja cobraba más sentido para él. Si Bormann hubiese acabado con la vida de Speer cuando se le presentó la ocasión, a esas alturas el desertor tampoco hubiese sido necesario.

En lugar de iniciar un ataque frontal, Martin Bormann se valió en silencio de las jactanciosas aspiraciones de Goering para darle jaque mate y borrarle, de una vez por todas, del mapa dinástico de un futuro Tercer Reich.

Hermann Wilhelm Goering mantenía la aristocrática actitud heredada de su familia, una actitud déspota acompañada de un persistente anhelo de gloria y reconocimiento. Era un perfecto arrogante, cuya única virtud en la vida residía en haber mantenido relaciones con la mitad de la población femenina de Alemania y su extenso conocimiento de las obras de Leonardo Da Vinci, lo que distaba mucho de la capacidad militar que se le suponía a un oficial de su rango. En condiciones normales resultaba impensable imaginar que aquel hombre hubiese sido ascendido a Mariscal del Reich, convirtiéndolo en la segunda persona más importante del estado. Bormann nunca había sido capaz de encontrar a este hecho una explicación lógica pero hasta aquel día tampoco fue consciente de las consecuencias que su estatus podía implicar. Goering había fracasado vergonzosamente como general de la Luftwaffe y elaborado una burda trama para hacerse, sin éxito, con el Ministerio de Defensa, se presentaba en las galas del partido con extravagantes trajes diseñados por el mismo y, por si no fuera suficiente, su adicción a la morfina era un secreto a voces. La guerra podía estar perdida pero, si Goering alcanzaba el poder, todos ellos también lo estarían y el honor de la patria se vería ensuciado de por vida. Martin Bormann tenía claro los pasos que debía seguir para que eso no sucediera. Mientras, la plana mayor del partido se encontraba paralizada en mitad del hall de conferencias, sumida en una profunda consternación, mirándose entre ellos, sin atreverse a decir una palabra. Bormann se abrió paso entre los demás, se dirigió a su despacho y realizó tres llamadas.


La operación se había puesto en funcionamiento y debía ejecutarse tal y como estaba previsto.

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martes, 3 de noviembre de 2009

Chap. 1 - LE CIEL DE BERLIN (7ème Partie)


En su memoria habían quedado grabados los nombres de cada una de las personas que había conocido en las dos semanas que permaneció en el interior del refugio. Cada día, cada segundo acontecido, cada nota de silencio, cada traje, cada saludo, cada movimiento, cada dilema, cada alternativa y cada decisión, allí permanecían, suspendidos en el inmenso vacío de su caja de Pandora. La intensa experiencia había templado sus nervios para enfrentarse a las situaciones de mayor tensión, le había dotado de una intuición veloz para anticiparse a los acontecimientos y buscar antes que nadie una salida airosa a problemas que hubiesen desmoralizado a los grandes genios de la estrategia militar, pero, a pesar de su juventud, el esfuerzo había mermado su salud y despojado de cualquier sentimiento de vinculación con la realidad que le esperaba en el exterior.



La tarde del 22 de abril la familia Goebbels se instaló definitivamente en el refugio. Las pequeñas Helga, Hildegard, Holding, Hedwig, Heidrum y Helmuth, el único varón del matrimonio pasaban a formar parte de la gran familia que anidaba bajo tierra. Unas pequeñas vacaciones hasta que volviese a brillar el sol, les dijo Joseph en un descorazonado intento por infundirles ánimo.


Al pasar junto a Madga comprendió que su rostro era el reflejo de la angustia y el sufrimiento Había aprendido a leer el pánico en los ojos de aquellos que no tenían el control de su vida y ciertamente la señora Goebbels no estaba en disposición de luchar contra lo que estaba escrito. Por el contrario Joseph Goebbels le desconcertaba. Aquel menudo hombre, agazapado bajo su abrigo de cuero y el gorro de oficial despojado de cualquier insignia que identificase su rango, se mostraba extraordinariamente contenido y reservado en las reuniones informales que mantenían los oficiales en los pasillos. Cuando el entorno quedaba reducido a las conversaciones privadas Goebbels sacaba a relucir su carácter decido y visionario, el mismo que representaba en los multitudinarios discursos a la nación al frente del ministerio de propaganda. Para suavizar su afilado perfil político había tratado difundir sin éxito, o al menos con escasa credibilidad, la imagen de un hombre sencillo y familiar que disfrutaba de sus ratos de ocio en compañía de las niñas y su predilecto Helmuth. La tarde que la familia llegó, sin embargo, fue el ministro quien se dirigió como un rayo a la planta baja, apesadumbrado y de un mal humor evidente.

Él se encontraba en los cuarteles de la guardia. Estaba al tanto de que los acontecimientos se estaban precipitando. Los soviéticos habían rebasado por completo la línea defensiva situada en el norte de Berlín. A pesar del grosor de la pared que le separaba de la sala de conferencias pudo identificar que una sola voz llevaba las riendas de la reunión, una voz enérgica a la vez que acompasada, a la que le sucedían pausas de un largo y sepulcral silencio. Al cabo de tres horas la puerta se abrió. Uno a uno, se quedó contemplando como los asistentes comenzaban a desfilar. A la cola de los mandos aparecieron Keitel, Jodl, Krebs, Burgdorf y Martin Bormann. Este último se detuvo en el umbral mirando al interior de la sala como si dudase volver a entrar. Finalmente cerró la puerta con gesto resignado, suspiró profundamente y se dirigió hacia él.

- Desertor – masculló – hay que actuar con rapidez, alguien ha perdido la cabeza y la orden para que Goering negocie la rendición está en curso – el tono severo se volvió amenazante y agarrándole por la solapa concluyó - ¿entiendes miserable francés? ¡Hay que actuar ya!

Nunca le dirigía la mirada cuando le hablaba. Que Bormann hubiese sido su valedor no significaba que le apreciara, aunque visto desde otra perspectiva, el hecho de que aquel hombre fuese un oscuro manipulador no significaba que le faltase razón. Primero había sido Albert Speer y ahora Goering. Del primero, tanto Martin como él, sentían un profundo desprecio por su aire servil y adulador del que tantas veces y tan bien se había valido para ascender. Speer tenía la peor de las cualidades que se puede esperar de un enemigo: era inteligente. Pero Goering, nadie comprendía que ese parásito gordo e inoperante aún pudiese ocupar el primer lugar en la sucesión. A todos los efectos en la cabeza de Bormann ya se orquestaba la cruzada final para desacreditar a Goering, o algo peor. A él le traían sin cuidado esa clase de conspiraciones, siempre y cuando no afectaran a sus diligencias.


Sólo dos bandos reducidos sabían con exactitud su destino en aquella función. La familia Goebbels, tal y como había pronunciado Joseph esa misma mañana, llevaría hasta las últimas consecuencias su decisión de permanecer en el refugio. Bormann aún conservaba la esperanza de convencerle para que cambiase de idea y se uniese a él. Sería por poco tiempo.

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domingo, 1 de noviembre de 2009

Chap. 1 - LE CIEL DE BERLIN (6ème Partie)



El corazón del que hubiera sido un lugar frecuentado y repleto de actividad aquella mañana latía indolente al ritmo pausado de los golpeteos provenientes de la cocina. Eva se detuvo y, valiéndose de su dedo índice, batió la puerta para curiosear que platos servirían en la comida. Emanó del interior un humilde y familiar olor que de inmediato concluyó se trataba de un cocido de lentejas. A su paso el vaho se mezcló con el perfume de Eva. Embriagado por los evocadores aromas y contemplando la torneada silueta que dibujaba el fino vestido negro de la mujer, deseó que aquel segundo se prolongase eternamente, presintiendo que en los días venideros no tendría la ocasión de deleitarse con una escena similar. Estiró el cuello para poder ver su expresión, descubrió un rostro jovial y unos vivos ojos azulones que perseguían con interés las distintas labores del personal de cocina. Él, a su vez, jugaba a introducirse en la percepción de la señorita Braun. Años atrás hubiese buscado comprender emociones tan encontradas como la ira o la compasión, pero ahora le atraían con una fuerza mayor las anécdotas cotidianas. Era una evolución lógica puesto que su mundo se había invertido y lo excepcional e inesperado había ido sepultando progresivamente a lo previsible de su anterior vida. Uno siempre desea lo que no tiene.




Eran casi las doce del medio día cuando un brusco temblor sacudió el lugar. Eva se giró y de inmediato él apartó la mirada. El desconcierto se adueñó del servicio doméstico y el pasillo, hasta entonces desierto, se convirtió en un hormiguero azuzado por las vibraciones de la superficie. El personal subalterno corría de un lado para otro, las comunicaciones pasaban de mano en mano, se ordenaban llamadas y verificaciones de las llamadas. Pronto aparecieron representantes de los frentes más próximos. Una descarga de proyectiles había alcanzado por primera vez el centro de Berlín. Los soviéticos estaban consiguiendo romper la línea de defensa alemana y se aproximaban a la ciudad. Él permaneció con gesto inmutable junto a Eva en mitad de la antecámara, resguardado entre la sombra de los muebles y cuadros que se agolpaban junto a las húmedas paredes, esperando a que se rompiera el encanto. Un operador subió desde la planta baja y cruzó unas breves palabras con el general Jodl que caminaba apresuradamente en sentido contrario. El Ministro Goebbels también había escuchado el estruendo desde un cercano edificio gubernamental donde se encontraba reunido con su gabinete. El fuego soviético provenía de los suburbios. El cerco se estrechaba pero suspiraron aliviados, el estruendo de la artillería había provocado que algunos temiesen un fatal e inminente desenlace, sepultados o ejecutados por los comunistas allí mismo, atrapados por sus exterminadores como ratas al final de callejón sin salida.



Al unísono, aunque la inquietud era manifiesta, todos se dispusieron a continuar con la incómoda rutina que llevaban en aquel agujero. Manteniendo la misma discreción con la que había aparecido, señaló a Eva con una imperceptible mirada las escaleras que conducían a la planta baja del refugio y los dos desaparecieron sin que nadie pareciese haber reparado en su presencia

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