jueves, 5 de noviembre de 2009

Chap. 1 - LE CIEL DE BERLIN (9ème Partie)


Todavía tarareaba Rosas Rojas, la última canción que sonara en el refugio, cuando regresó de su mundo de evocaciones para encontrarse caminando en equilibrio sobre un rail. De forma milagrosa tuvo tiempo para reaccionar, esquivando por centímetros un enorme socavón en las vías provocado por el impacto de uno de los muchos obuses llovidos en las últimas fechas. Se sintió alentado al pensar que, salvo ese tropiezo, el trayecto había sido más tranquilo de lo que hubiera podido suponer en un principio. Sin embargo, no podía bajar la guardia. La bóveda del metro se había hundido y como una catarata la luz se derramaba desde lo alto. Los escombros obstruían el paso. Si optaba por dar media vuelta perdería mucho tiempo. Sopesó la distancia que le separaba de la superficie. No le quedaba alternativa así que decidió trepar la montaña de ladrillos. La base tenía los escombros más pesados y por tanto los apoyos resultaban seguros pero en el tramo final resbaló dos o tres veces y poco le faltó para dar con sus huesos en el fondo del túnel. Finalmente, cubierto de polvo y sin apenas poder abrir los ojos consiguió posar una mano en la calzada. Al asomarse sintió una calma excepcional.




Continuó caminando al aire libre. La calle estaba devorada por una bruma terrosa entre la que se distinguía el centelleo de los incendios proyectado sobre los muros de los ruinosos edificios que aún seguían en pie. A medida que avanzaba el calor se iba haciendo infernal y el azul del cielo se mezclaba a intervalos con la opacidad amarillenta que brotaba de la tierra dando como resultado una verdosa y mortecina atmósfera en la que todo parecía irreal. Sintió que se le revolvía el estomago y sus ojos se tornaban febriles. Estaba perdiendo el sentido de la orientación, enseguida todo se redujo a una extenuante procesión entre paredes ennegrecidas, sorteando las trincheras abandonadas y los restos de tanques reventados a lo largo de todo el recorrido. Perdido, sólo le quedaba la esperanza de marchar en la misma dirección que había seguido, aunque vacilase ante la perspectiva de que no fuera la correcta y que, en cualquier momento, aparecieran las siluetas de los rusos emergiendo desde el frente enemigo. La situación empeoraba y se trataría de una cuestión de tiempo que sus temores se hiciesen realidad si no encontraba una nueva entrada al subterráneo.



Asumía el color de un trágico destino cuando percibió en la distancia un creciente murmullo. Levantó la vista. Quiso decir algo pero, como si las imágenes se sucediesen de forma retardada, el vapor de su aliento quedó detenido frente a sus ojos. Después apareció su mano extendida, alzándose en un gesto defensivo. No recordaba haberse puesto aquellos guantes azules. Una luz cegadora le envolvió. Después el resplandor se volvió intermitente. Sin seguir una cadencia normal. Creía percibirlo más próxima con cada destello aunque por momentos el fogonazo se alejaba para de inmediato volver a ganar el terreno perdido con una súbita aceleración. El suelo empezó a temblar y sintió como bajo sus pies se abría una grieta. Escuchó como algunas piedras se precipitaban en una caída que parecía no tener final. Estaba paralizado. No, tan temprano no. Un escalofrió le recorrió la espalda. No era miedo ya que no temía morir. No era angustia por haber fracasado cuando se encontraba tan cerca de cumplir su objetivo y tampoco desilusión por quedarse sin su recompensa. Los hombres con un pasado inconfesable acaban sus días sin esperanza en el futuro.



Entonces supo a qué se había debido el escalofrío. La respuesta la halló poco antes de que la luz le diera alcance y sus tímpanos pareciesen estallar en mil pedazos Aunque siempre había terminado por encontrar una solución a los problemas que se le habían presentado le pareció una revelación simple y absurda. La respuesta no estaba sujeta a su pasado, ni determinaba su futuro. El estremecimiento se debía al presente, a una realidad incoherente.

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