En el camino que recorrieron desde la entrada de la propiedad hasta el edificio del patrón descubrió una abundante materia prima que, como si fuera barro, podría modelar a su antojo. Para empezar delimitaría la propiedad, respetaría el arco de entrada y planificaría un patio enlosado. Era un buen punto de partida en mitad de aquel paraje inmerso en la salvaje naturaleza. Una calzada ancha conduciría al edificio principal, de su tronco nacerían vías secundarias distribuidas de forma simétrica que lo comunicarían con las cuadras, fábricas y demás cobertizos que, en lugar de diseminarse al azar, redistribuiría en la parte posterior de la vivienda. De la casa, observó, mantendría el podio sobre el que se elevaba pero reformaría y ensancharía la endeble escalinata que llevaba a la puerta principal. La fachada colmaría la atención del visitante pero era necesario que los arcos de su portal la ocupasen por completo para que no diese la impresión de estar descentrada. Mentalmente tomó nota de aquel esbozo que con el tiempo perfeccionaría.
Entre tanto el dueño de la hacienda parecía despreocupado y resuelto mientras a su paso eran esquivados por carros, carretas, hombres, mujeres y animales. A pesar de su baja estatura, la vestimenta blanca y holgada del patrón despuntaba en medio de la polvareda que causaba aquel frenesí de idas y venidas, consiguiendo un efecto similar al de un faro que advertía a los navíos de la inminente presencia del acantilado. Sus gestos ocasionales revelaban que conocía en todo momento la posición y el cometido que desarrollaba cada uno de los esclavos y capataces que componían su enjambre. Al llegar al pórtico se puso la mano sobre la frente y oteó el horizonte como si quisiera cerciorarse de que la escena transcurría con normalidad para poder ausentarse. Después de agitar los brazos haciendo señales a alguien que Louis no consiguió distinguir, se dio media vuelta y con agradable cortesía hizo pasar a su invitado al interior de la vivienda.
Al cerrar las puertas el bullicio se sofocó e incluso el clima parecía agradable y ventilado allí dentro. Atravesaron un gran arco lobulado que separaba la sala recibidor y accedieron a un salón espacioso, con la luz filtrándose a través de las persianas y rebotando con uniformidad sobre las paredes pintadas de color azul, mientras que el suelo de barro cocido favorecía la sensación de frescor. Louis empezó a comprender que, alejado de cualquier sofisticación, todo en el entorno que lo rodeaba cumplía con eficacia un determinado propósito. Tampoco rehuían de esta sencillez la rústica mesa y las sillas de caña y mimbre en las que se dispusieron a retomar la conversación. Antes de que hubieran tenido tiempo de sentarse apareció en silencio una joven desde una de las habitaciones que flanqueaban el salón y saludó con una tímida reverencia. Tenía la tez tostada y el cabello azabache recogido en una larga trenza. Ernesto le habló con suavidad.
- Marina, nuestro huésped a hecho un largo viaje así que deberá recobrar fuerzas, sírvenos algo para comer y vino – se limitó a decir sin darle oportunidad a Louis para excusarse.
La joven desapareció y los dos hombres se miraron. Louis se encontraba incómodo puesto que había perdido la iniciativa y ahora vacilaba en seguir hablando sin contar con el beneplácito o, al menos, con la atención del señor Alameda.
- Gracias por su amabilidad – dijo con la esperanza de avanzar
- No tiene que agradecérmelo, me corresponde ser hospitalario, si bien usted ha sido oportuno. Le confieso que no es habitual disfrutar de esta tranquilidad, hoy mi familia ha salido de excursión para disfrutar del sol en la costa y el viejo ha preferido tomarse el día libre.
Louis asintió aunque en realidad no le importaban los detalles que rodeaban la vida del hombre. Decidió que prosiguiera sin interrumpirle hasta que se presentase su oportunidad.
- Una numerosa familia, bien avenida, es el don más valioso que un hombre puede recibir de Dios. En ella encontramos el amparo cuando nos sentimos tristes, nos da la fuerza necesaria para reponernos de las penurias y comparte nuestros sueños y alegrías. Sin ella, sólo queda de nosotros el ánima errante de quien escarba la tierra buscando bienes materiales que puedan sustituirla. A veces los encontramos y apaciguan la soledad, no durante mucho tiempo, en cambio, cuando la desdicha llama a la puerta del hombre huraño se queda con él hasta el final de sus días.
Le pareció estar escuchando la propia voz de su conciencia y bajó la vista avergonzado, seguro de que no tardaría en hacerle alguna pregunta embarazosa que él no sabría responder. Lo último que hubiese considerado era tener que expiar sus pecados para después darse media vuelta habiendo perdido un día entero y agotado en balde sus últimas opciones.
- Conozco esa responsabilidad de la que me habla – mintió Louis – es la razón que me ha traído ante usted.
- Tienes problemas ¿verdad?
- Sepa lo terrible que resulta haber tenido todo el oro que pueda imaginar y en un día haberlo perdido todo, despojados y expulsados de nuestras tierras – dijo empleando un tono lastimero.
- ¡Dios mío!
- Mis padres y mis hermanos fueron asesinados vilmente – continuó, sintiéndose desbocado por la embriaguez que le producía la farsa – todo cuanto pude hacer fue escapar con mi mujer, que ahora se encuentra convaleciente de una grave enfermedad.
- Ha sido muy desgraciado y también muy valiente – dijo Alameda dubitativo – pero ¿qué le trajo hasta aquí?
- Verá, hubiese tenido que abandonar la ciudad de todas formas, pensé en buscar refugio en el bosque, pero con el invierno encima no hubiésemos tardado en perecer, así que tomamos un barco y nos establecimos en una propiedad del norte tratando de cultivar las tierras con nuestras manos ya que no disponemos de esclavos.
- ¿Y de dónde sacó el dinero para comprar las tierras?
Louis titubeó, pero no había vuelta atrás, estaba dispuesto a salvar cualquier objeción
- Pedí prestado a un allegado de la familia, a condición de devolvérselo con intereses.
- Entiendo – reflexionó llevándose de nuevo la mano a su bigote – cuando llegué a este lugar pasé por circunstancias similares. Es evidente que tuvimos distinta suerte.
- En cualquier caso – se impacientó Louis – en mi situación no puedo regresar incumpliendo mi palabra, pero tampoco sobreviviremos mucho tiempo sin nada de que alimentarnos.
- Sí, de eso no hay duda – el hombre pareció preocupado- pero comprenda que no encuentro el motivo en que pueda servirle ayuda. Suponiendo que haya pagado un precio justo por sus tierras y añadiendo el valor de los intereses, envejecería para reunir una suma aproximada si dependiese del salario de que perciben mis hombres más valiosos.
¿Le estaba proponiendo trabajar a cambio de una paupérrima comida, un techo bajo el que dormir hacinado y algunas monedas? Ernesto no parecía un hombre deshonesto de los que labraban sus fortunas a costa de aprovecharse de los desvalidos, quizás le hubiese mal interpretado aunque, pensándolo con detenimiento, al tratar de conmoverle con su trágica y quimérica existencia se había olvidado de dejar constancia de sus verdaderas pretensiones.
- Mis servicios nada tienen que ver, le reportarían otras ventajas, soy constructor reputado, puedo asegurárselo.
Al escuchar esto Alameda se echó a reír. Louis, sin saber muy bien como reaccionar, permaneció con gesto desencajado a la espera de conocer qué le había parecido tan divertido.
- Espero no haberle ofendido - se disculpó – ahora sí que no entiendo nada.
La conversación se vio interrumpida cuando la joven apareció de nuevo para servirles la comida. Aunque estuviese hambriento, las inciertas palabras de Ernesto habían aplacado el apetito de Louis. Aguardaba con ansiedad que, tan pronto se retirase la muchacha, pudiera explicarle con mayor claridad a qué se estaba refiriendo y si se encontraba dispuesto a ayudarle. Su anfitrión, sin embargo, no habló de inmediato. Antes hubo de desfilar un gran banquete. Primero, un formidable cuenco de arroz amarilleado con semillas de bijol, aliñado con ajo y zumo de lima, y en el que completando su presentación, había cuatro bananas indias cocinadas y servidas con piel. Luego hizo su entrada una tortilla de plátano rellena de carne de cerdo picante que había sido asada al fuego y bañada con leche de coco, envolviendo el ambiente en una aromática neblina. Pescado variado y fresco, que nunca había probado antes, incluyendo gambas flambeadas con ron, caracolas, carne de tortuga y un delicioso pez rojo de río servido crudo. Louis no recordaba tan exquisitos manjares y, a pesar de haber recobrado un voraz apetito, le supuso un esfuerzo considerable terminarlo todo. Después, le sobrevino un incontrolable sopor y temió que, con el estómago lleno, sus percepciones no fuesen capaces de despertar a tiempo para la tertulia.
Louis continuaba exhausto con la mano en el vientre cuando Ernesto se levantó y desapareció para volver con una caja de madera de la que extrajo dos puros, acto del que se sirvió para retomar la conversación explicándole como había diversificado sus cultivos adquiriendo progresivamente terrenos para la plantación de caña y tabaco. Sin rivalizar con otras haciendas y procurando no llamar la atención en exceso había establecido una ruta de exportación e importación con sus compatriotas de Medellín. El flujo de mercancías era constante y muy variado pero no podía compararse con las enormes cantidades que transportaban los comerciantes europeos a sus puertos. Precisamente, ese factor era la clave del éxito de sus transacciones, basadas en la movilidad y en la eliminación de costosas estructuras, de las que obtenía pequeñas cantidades de dinero pero con un gran margen de ganancia respecto a los costes iniciales. Louis se mostraba contrariado, con la sensación de estar asistiendo a una clase sobre finanzas que no aclaraba de ningún modo su futuro. Entre otras cosas, el desconocimiento total del lugar que demostraba Louis, extrañaba a Ernesto. Su experiencia como hacendado y consejero frecuente de otros que querían seguir sus pasos le decía que aquel hombre era una completa calamidad o que no le estaba contando toda la verdad. Un constructor, un médico o un profesor europeo se hubiese establecido en La Habana en vez de adentrarse en La Sierra. Un hombre con unos recursos limitados no se hubiese atrevido a iniciar sus andanzas en mitad de un territorio desconocido, acompañado por una mujer enferma y sin disponer de la suficiente experiencia. Pero ¿y si realmente hubiera sido así? ¿Cómo es que había permanecido aislado y manteniéndose al margen de lo que estaba sucediendo en la isla?
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La Chanson du déserteur
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