domingo, 1 de noviembre de 2009

Chap. 1 - LE CIEL DE BERLIN (6ème Partie)



El corazón del que hubiera sido un lugar frecuentado y repleto de actividad aquella mañana latía indolente al ritmo pausado de los golpeteos provenientes de la cocina. Eva se detuvo y, valiéndose de su dedo índice, batió la puerta para curiosear que platos servirían en la comida. Emanó del interior un humilde y familiar olor que de inmediato concluyó se trataba de un cocido de lentejas. A su paso el vaho se mezcló con el perfume de Eva. Embriagado por los evocadores aromas y contemplando la torneada silueta que dibujaba el fino vestido negro de la mujer, deseó que aquel segundo se prolongase eternamente, presintiendo que en los días venideros no tendría la ocasión de deleitarse con una escena similar. Estiró el cuello para poder ver su expresión, descubrió un rostro jovial y unos vivos ojos azulones que perseguían con interés las distintas labores del personal de cocina. Él, a su vez, jugaba a introducirse en la percepción de la señorita Braun. Años atrás hubiese buscado comprender emociones tan encontradas como la ira o la compasión, pero ahora le atraían con una fuerza mayor las anécdotas cotidianas. Era una evolución lógica puesto que su mundo se había invertido y lo excepcional e inesperado había ido sepultando progresivamente a lo previsible de su anterior vida. Uno siempre desea lo que no tiene.




Eran casi las doce del medio día cuando un brusco temblor sacudió el lugar. Eva se giró y de inmediato él apartó la mirada. El desconcierto se adueñó del servicio doméstico y el pasillo, hasta entonces desierto, se convirtió en un hormiguero azuzado por las vibraciones de la superficie. El personal subalterno corría de un lado para otro, las comunicaciones pasaban de mano en mano, se ordenaban llamadas y verificaciones de las llamadas. Pronto aparecieron representantes de los frentes más próximos. Una descarga de proyectiles había alcanzado por primera vez el centro de Berlín. Los soviéticos estaban consiguiendo romper la línea de defensa alemana y se aproximaban a la ciudad. Él permaneció con gesto inmutable junto a Eva en mitad de la antecámara, resguardado entre la sombra de los muebles y cuadros que se agolpaban junto a las húmedas paredes, esperando a que se rompiera el encanto. Un operador subió desde la planta baja y cruzó unas breves palabras con el general Jodl que caminaba apresuradamente en sentido contrario. El Ministro Goebbels también había escuchado el estruendo desde un cercano edificio gubernamental donde se encontraba reunido con su gabinete. El fuego soviético provenía de los suburbios. El cerco se estrechaba pero suspiraron aliviados, el estruendo de la artillería había provocado que algunos temiesen un fatal e inminente desenlace, sepultados o ejecutados por los comunistas allí mismo, atrapados por sus exterminadores como ratas al final de callejón sin salida.



Al unísono, aunque la inquietud era manifiesta, todos se dispusieron a continuar con la incómoda rutina que llevaban en aquel agujero. Manteniendo la misma discreción con la que había aparecido, señaló a Eva con una imperceptible mirada las escaleras que conducían a la planta baja del refugio y los dos desaparecieron sin que nadie pareciese haber reparado en su presencia

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