martes, 3 de noviembre de 2009

Chap. 1 - LE CIEL DE BERLIN (7ème Partie)


En su memoria habían quedado grabados los nombres de cada una de las personas que había conocido en las dos semanas que permaneció en el interior del refugio. Cada día, cada segundo acontecido, cada nota de silencio, cada traje, cada saludo, cada movimiento, cada dilema, cada alternativa y cada decisión, allí permanecían, suspendidos en el inmenso vacío de su caja de Pandora. La intensa experiencia había templado sus nervios para enfrentarse a las situaciones de mayor tensión, le había dotado de una intuición veloz para anticiparse a los acontecimientos y buscar antes que nadie una salida airosa a problemas que hubiesen desmoralizado a los grandes genios de la estrategia militar, pero, a pesar de su juventud, el esfuerzo había mermado su salud y despojado de cualquier sentimiento de vinculación con la realidad que le esperaba en el exterior.



La tarde del 22 de abril la familia Goebbels se instaló definitivamente en el refugio. Las pequeñas Helga, Hildegard, Holding, Hedwig, Heidrum y Helmuth, el único varón del matrimonio pasaban a formar parte de la gran familia que anidaba bajo tierra. Unas pequeñas vacaciones hasta que volviese a brillar el sol, les dijo Joseph en un descorazonado intento por infundirles ánimo.


Al pasar junto a Madga comprendió que su rostro era el reflejo de la angustia y el sufrimiento Había aprendido a leer el pánico en los ojos de aquellos que no tenían el control de su vida y ciertamente la señora Goebbels no estaba en disposición de luchar contra lo que estaba escrito. Por el contrario Joseph Goebbels le desconcertaba. Aquel menudo hombre, agazapado bajo su abrigo de cuero y el gorro de oficial despojado de cualquier insignia que identificase su rango, se mostraba extraordinariamente contenido y reservado en las reuniones informales que mantenían los oficiales en los pasillos. Cuando el entorno quedaba reducido a las conversaciones privadas Goebbels sacaba a relucir su carácter decido y visionario, el mismo que representaba en los multitudinarios discursos a la nación al frente del ministerio de propaganda. Para suavizar su afilado perfil político había tratado difundir sin éxito, o al menos con escasa credibilidad, la imagen de un hombre sencillo y familiar que disfrutaba de sus ratos de ocio en compañía de las niñas y su predilecto Helmuth. La tarde que la familia llegó, sin embargo, fue el ministro quien se dirigió como un rayo a la planta baja, apesadumbrado y de un mal humor evidente.

Él se encontraba en los cuarteles de la guardia. Estaba al tanto de que los acontecimientos se estaban precipitando. Los soviéticos habían rebasado por completo la línea defensiva situada en el norte de Berlín. A pesar del grosor de la pared que le separaba de la sala de conferencias pudo identificar que una sola voz llevaba las riendas de la reunión, una voz enérgica a la vez que acompasada, a la que le sucedían pausas de un largo y sepulcral silencio. Al cabo de tres horas la puerta se abrió. Uno a uno, se quedó contemplando como los asistentes comenzaban a desfilar. A la cola de los mandos aparecieron Keitel, Jodl, Krebs, Burgdorf y Martin Bormann. Este último se detuvo en el umbral mirando al interior de la sala como si dudase volver a entrar. Finalmente cerró la puerta con gesto resignado, suspiró profundamente y se dirigió hacia él.

- Desertor – masculló – hay que actuar con rapidez, alguien ha perdido la cabeza y la orden para que Goering negocie la rendición está en curso – el tono severo se volvió amenazante y agarrándole por la solapa concluyó - ¿entiendes miserable francés? ¡Hay que actuar ya!

Nunca le dirigía la mirada cuando le hablaba. Que Bormann hubiese sido su valedor no significaba que le apreciara, aunque visto desde otra perspectiva, el hecho de que aquel hombre fuese un oscuro manipulador no significaba que le faltase razón. Primero había sido Albert Speer y ahora Goering. Del primero, tanto Martin como él, sentían un profundo desprecio por su aire servil y adulador del que tantas veces y tan bien se había valido para ascender. Speer tenía la peor de las cualidades que se puede esperar de un enemigo: era inteligente. Pero Goering, nadie comprendía que ese parásito gordo e inoperante aún pudiese ocupar el primer lugar en la sucesión. A todos los efectos en la cabeza de Bormann ya se orquestaba la cruzada final para desacreditar a Goering, o algo peor. A él le traían sin cuidado esa clase de conspiraciones, siempre y cuando no afectaran a sus diligencias.


Sólo dos bandos reducidos sabían con exactitud su destino en aquella función. La familia Goebbels, tal y como había pronunciado Joseph esa misma mañana, llevaría hasta las últimas consecuencias su decisión de permanecer en el refugio. Bormann aún conservaba la esperanza de convencerle para que cambiase de idea y se uniese a él. Sería por poco tiempo.

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