La vida deparaba irónicos giros cuando uno menos lo sospechaba. Quién le hubiese dicho un año antes a Bormann que la colaboración de Speer iba a ser su única esperanza para salir del atolladero en el que se encontraban. La extraña paradoja cobraba más sentido para él. Si Bormann hubiese acabado con la vida de Speer cuando se le presentó la ocasión, a esas alturas el desertor tampoco hubiese sido necesario.
En lugar de iniciar un ataque frontal, Martin Bormann se valió en silencio de las jactanciosas aspiraciones de Goering para darle jaque mate y borrarle, de una vez por todas, del mapa dinástico de un futuro Tercer Reich.
Hermann Wilhelm Goering mantenía la aristocrática actitud heredada de su familia, una actitud déspota acompañada de un persistente anhelo de gloria y reconocimiento. Era un perfecto arrogante, cuya única virtud en la vida residía en haber mantenido relaciones con la mitad de la población femenina de Alemania y su extenso conocimiento de las obras de Leonardo Da Vinci, lo que distaba mucho de la capacidad militar que se le suponía a un oficial de su rango. En condiciones normales resultaba impensable imaginar que aquel hombre hubiese sido ascendido a Mariscal del Reich, convirtiéndolo en la segunda persona más importante del estado. Bormann nunca había sido capaz de encontrar a este hecho una explicación lógica pero hasta aquel día tampoco fue consciente de las consecuencias que su estatus podía implicar. Goering había fracasado vergonzosamente como general de la Luftwaffe y elaborado una burda trama para hacerse, sin éxito, con el Ministerio de Defensa, se presentaba en las galas del partido con extravagantes trajes diseñados por el mismo y, por si no fuera suficiente, su adicción a la morfina era un secreto a voces. La guerra podía estar perdida pero, si Goering alcanzaba el poder, todos ellos también lo estarían y el honor de la patria se vería ensuciado de por vida. Martin Bormann tenía claro los pasos que debía seguir para que eso no sucediera. Mientras, la plana mayor del partido se encontraba paralizada en mitad del hall de conferencias, sumida en una profunda consternación, mirándose entre ellos, sin atreverse a decir una palabra. Bormann se abrió paso entre los demás, se dirigió a su despacho y realizó tres llamadas.
La operación se había puesto en funcionamiento y debía ejecutarse tal y como estaba previsto.
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La Chanson du déserteur
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