Antes de ser sorprendido por la mañana Louis sesgaba el tallo del alba con su machete, acortando camino a través del frondoso bosque tropical con paso decidido. Al marcharse tomó sus viejos cartapacios y la última vasija de vino, que había guardado a la espera de festejar la llegada de los vientos de la prosperidad, para salir en silencio, no sin antes haber besado en la frente a Agnès, un beso que venía a significar lo mismo que amor y miedo. Louis nunca había pronunciado la palabra miedo y tampoco la palabra amor así que, de algún modo, era su forma de expresarle que, aunque últimamente hablaban poco, la seguía amando. Resultaba complicado explicar cómo habían llegado a tal extremo, tan difícil cómo preguntarse por qué el agua le había llegado al cuello sin terminar de ahogarle.
La hacienda Esmeraldita descansaba junto al río San Juan y debía su nombre a la hija del terrateniente Ernesto Alameda, un comerciante que recién llegado de Colombia había adquirido la pequeña finca en un estado ruinoso. Limitado por la escasez de terrenos y los arcaicos medios con que contaba a su alcance, se entregó con sacrificio a la visión reveladora de explotar las reservas que aquellas tierras debían esconder, por insignificantes que fueran, y comenzó a cultivar frutos silvestres con la intención de después venderlos a los grandes propietarios de los cafetales como alimento para los esclavos que trabajaban en sus campos. Hubiese resultado incoherente establecerse en aquella balsa de madera junto al río para competir con el resto de productores del valle, en su mayoría franceses, que habían huido del país después de la revolución y habían comprado a los españoles vastos dominios a cambio de pequeñas cantidades de dinero. Al no representar una amenaza para sus negocios, Ernesto consiguió integrarse de forma natural en un mercado floreciente, no exento de complejas disputas que él observaba plácidamente desde la otra orilla. Los beneficios, cada vez mayores, los invertía a partes iguales en ampliar sus posesiones y realizar transacciones esporádicas con otros comerciantes de su país. No tardó en percatarse que por medio de esta última actividad obtenía, además de sustanciales ganancias, reconocimiento entre sus compatriotas de Medellín, quienes cada vez con mayor frecuencia se presentaban en Esmeraldita para solicitarle ayuda y consejo. Su empresa era, sin duda, el espejo en el que se reflejaban los aventureros e idealistas, pero ante todo representaba la obra cumbre de un hombre pragmático que, lejos de improvisar la ópera de los dioses, había compuesto un sublime adagio terrenal. Louis, por el contrario, animado por los ecos de conquista y laurel que llegaban a Francia con la espuma del Atlántico, se había embarcado como almirante en un tardío e inoportuno viaje a bordo de un bergantín que, al igual que un cascarón arrojado a los designios de Zeus, naufragaba día tras día en su osada lid contra los cañones del imperio del café. Quizás se había imaginado a sí mismo como un Carlomagno o un Napoleón que, valiéndose del ingenio por espada, extendería sus dominios allá por donde pisara. Era Louis en su mente un conquistador, un aventurero, un inventor o un rico mercader, pero ninguna de aquellas banderas habían servido para alcanzar la humilde finalidad que se había propuesto al abandonar París y emprender aquel largo éxodo. Llevar una vida digna.
Bautizado con un nombre tan eterno como sus pintorescas aspiraciones, sólo quedó de aquel hombre un breve Louis para presentarse ante el acaudalado e inteligente Ernesto Alameda. Sin más preámbulos, puesto que temía olvidar la oratoria que en el camino había preparado, le confesó que había acudido hasta él, dada su reputación en los negocios, con el propósito de exponerle una cuestión de suma importancia. Pausó en un susurro las últimas palabras, figurando que de este modo conferiría mayor misterio al asunto. A continuación, fue sincero al confesarle que todo lo que conservaba de su patrimonio era el vino arruinado de su tierra natal y la sabia perenne de su conocimiento que ilustraba las páginas de los libros que sostenía en la otra mano. Las palabras, que habían sonado naturales en su interior, se tornaban artificiales y huecas nada más abandonar sus labios. Tomó aire y volvió a concentrarse en no perder el ritmo de su argumentación y ya se disponía a abrir los ocres lomos que contenían el verdadero motivo de la visita cuando se detuvo desconcertado al comprobar que los ojos del hacendado fijaban su atención en la vasija. Louis trató de ocultar su pesadumbre por no haber despertado en el anfitrión ni siquiera un atisbo de curiosidad y por un instante sospechó que, debido al idioma y al ímpetu con que brotaban las palabras, éste le habría confundido con un vendedor ambulante. En verdad tenía Ernesto esa peculiaridad de los hombres que, por nunca dejar de pensar, los hace retraídos y distantes, como si no escucharan a nadie o no les interesase lo que sucede a su alrededor. Sin embargo, le había visto llegar, advirtiendo en la lejanía los pasos de un alma desesperada, observando en la aproximación las heridas de la vida en la camisa y comprendiendo en la cercanía la súplica y la sed de sus palabras. Por supuesto que entendía y hablaba perfectamente su idioma, a ciegas reconocía a un mercader con apretarle la mano, solo que atusaba su bigote con aire absorto al hallarse dividido entre atender la historia de aquel peculiar francés y desdoblar una ocurrencia que había tenido al verle con aquella vasija de vino.
- Muy bien – dijo por fin Ernesto haciendo gala de una correcta pronunciación – le escucharé pero será mejor que pase y charlemos sin prisa.
La invitación fue motivo suficiente para que las esperanzas que Louis había depositado en aquella visita se vieran renovadas y comenzó de inmediato a contemplar un sinfín de posibilidades y grandiosos proyectos, imaginando incluso como utilizaría las ganancias que percibiría.
La noche anterior Louis había recapitulando para, sino herirse con su conducta, analizar al menos cada una de las decisiones que le habían llevado a perder el control de su destino, concluyendo, para su resignación, que todas las acciones que había emprendido se instalaban habitualmente en la falta de planificación y el urgente deseo de obtener logros en un corto plazo de tiempo. Supuso un avance considerable empezar por reconocer que la perseverancia no se hallaba entre sus virtudes y que posiblemente, puesto que no podía asumir que el peso de la culpabilidad recayese por completo sobre él, se había dejado arrastrar por la excitación que le provocaban los ecos de aventura y riqueza procedentes del nuevo mundo. París permanecería siempre en el mismo lugar. Además, qué fortuna era comparable a la de un hombre que afronta el desafío en compañía de la mujer que amaba. Este pensamiento le perturbó. Necesitaba de todo su ingenio para resolver la situación, pero las palabras de Agnès se habían aferrado a su mente, impidiendo que pudiese echar a volar. Recorrió despacio y pensativo las opciones que le restaban. Enseguida le aterró la idea de regresar. Louis se agitó como un condenado en la horca pero, en ese preciso momento, antes de que la escotilla se abriese bajo sus pies, sintió aliviado una mano absolutoria sobre su cabeza. Sí, la respuesta se encontraba en París y sin embargo no era necesario que tuviese que cruzar de nuevo el océano para dar con ella. Del mismo modo que algunos objetos de valor quedan olvidados bajo la cama debido al apresuramiento con que el viajero parte al encuentro de su destino, Louis había extraviado los vestigios de su pasado en un oscuro cajón el mismo día que había dejado en el horizonte el puerto de Le Havre y para Agnès también supuso la perdida progresiva del hombre que había creído conocer alguna vez.
Al fin me atraparon las garras de mi familia, temió aquella noche. Louis quiso pensar en el verdadero motivo que le había llevado a renegar de los conocimientos que había adquirido y comprendió que no existía una razón objetiva que le impidiera construir. Podía quemar su pasado y el de su familia, renegar de sus apellidos e incluso de su sangre, engañarse con haber emprendido una aventura para encubrir lo que en realidad había sido una huida desesperada. Quedarían las brasas del resentimiento, pero en la distancia no hallaba inconveniente para cumplir su verdadera misión. Fuese producto de la necesidad o del instinto, se sintió seguro de su posibilidades por primera vez en mucho tiempo. Precisaba seguridad, consciente de que un nuevo fracaso le conduciría irremediablemente a morir de hambre. Era probable que en los negocios fuera un ingenuo soñador sin ninguna experiencia, pero conservaba intacto su talento con los planos y las herramientas.
En realidad no tenía una idea consumada de quien era Ernesto Alameda. Había trabajado con la presunción de que, por ser el único no francés de quién había oído hablar en el valle, pudiese valorar sus servicios. Por muy rico, importante y respetado que se pudiese considerar un hombre nunca alcanzaría el reconocimiento si no era capaza de rodarse de la distinción propia de los emperadores. Todos los grandes imperios debían erigir palacios y monumentos a la altura de sus conquistas, era la culminación esperada para inmortalizar sus hazañas. Sin lugar a dudas ese era un encargo que Louis pensaba reservado para sí mismo.
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La Chanson du déserteur
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