“Los hombres profundamente tristes se ponen en evidencia cuando son felices; tienen una manera de agarrar la felicidad, como si quisieran estrangularla y ahogarla, por celos”
Nietzsche, Friedrich
1869, Sierra del Rosario, Cuba.
Agnès lloraba sin expresión, doblada sobre una taza de café. Nubló sus ojos, vertiendo lágrimas frías que brotaron como de un cántaro agrietado. Sintió el recorrido de una gota surcando su mejilla pétrea y en el abismo del rostro se dejó caer en llanto. Louis le acarició el cabello y la mujer se calmó, recogiendo su mar con la palma de la mano ahuecada. Después se frotó la frente intentando enjuagarse el rostro con su propio desahogo mientras movía la taza acumulando distancia.
- ¿Cuándo abandonaremos esta miseria? – preguntó entre sollozos.
Louis permanecía de pié junto a ella, una tormenta de aguas saladas bañó su abrupto corazón y trató de reprimir la emoción congelando la mirada en los ojos de Agnès.
- No lo sé – era la primera vez en mucho tiempo que dudaba – pero sigo teniendo fe, la suerte no puede ser tan esquiva.
Ella calló sin querer oír y apretó con fuerza su taza como pretendiendo romper con la mano el témpano de su memoria. Ya no digería las aventuras de Louis, ni la lenta espera para ver cumplida aquella promesa que le había hecho el día en que partieron. El dinero se estaba agotando y ahora remaban sobre un tronco talado, zarandeados por la turbulenta corriente de los meses consumidos.
- Agnès, haz el favor de entenderlo, no puedo volver a París con las manos vacías.
- Está bien Louis, es tu sueño, eres tú quien lo persigues. He permanecido a tu lado con la esperanza de que las cosas cambiarían o, si no cambiaban, esperaba que al menos te dieses cuenta y lo aceptaras. Si de verdad te importamos – dijo llevándose la mano al vientre – piensa en nuestro porvenir.
- No dejo de pensar en nosotros, lo hago continuamente, día y noche, es la única luz que me guía y me da fuerzas para seguir aun cuando otros hubiesen abandonado. ¡Sé que hay esperanza! Quién sabe, la oportunidad puede presentarse hoy mismo. Si decidiésemos regresar, podría presentarse horas después de nuestra marcha, cuando en esta taza sólo queden los posos de nuestros lamentos. El destino es caprichoso, lo conozco, sólo recompensa al paciente, a quien insiste sin desesperar. Agnès, concédeme, concédenos esa oportunidad.
La mujer bebió su llanto ennegrecido por el café y salió de la casa para escupir el último trago en una de las macetas desperdigadas a lo largo del mirador. Su expresión se mudó perdida, perdida en el regazo de los cafetales, perdida en un dominio privilegiado y salvaje donde la vida se sucedía imperturbable ante el peregrinaje de los extraños. La tarde se derramaba sobre la sierra, las palmas se prolongaban como la sombra de una mano gigantesca extendiéndose para alcanzar el grano del campo. Aquellas vistas la habían retenido más tiempo del previsto, con la realidad aplastada, con los labios sellados y dóciles cuando Louis partía a buscar la felicidad de los dos, con el silencio devorando a las palabras cuando regresaba cansado lamentándose, hoy no pudo ser, quizás mañana. El destierro no está hecho para los hombres, sólo está hecho para sí mismo. Louis no lo entendía, él siempre tan decidido a cortar los hilos de la memoria para no recordar los errores, decidido a matar la luna para que no llegase la noche, decidido a buscar la cura al viejo problema con un remedio que todavía no se había hallado.
En el interior, Louis, plenamente desamado, se acomodó en un rincón para rastrear en la imaginación el camino que les condujese a la felicidad. Hizo un paneo milimétrico y cadente para descubrir paredes vacías, suelo desnudo y estrellas en la techumbre. Una brutal y apretada pena estuvo a punto de estallar en su interior arrastrándolo todo como un furioso río de lava caliente Aquel no era el sueño prometido. Agnès y la criatura que estaba por llegar merecían algo mejor. Para eso él era el arquitecto de los sueños imposibles. La respuesta no la encontraría volviendo sobre sus pasos, aunque el océano siempre aguardase inmóvil, como una puerta azul abierta de par en par esperando a ser traspasada, porque al otro lado aguardaba la perdición. En Francia vivirían arruinados y en la clandestinidad, nadie le confiaría techo o trabajo a un hombre con deudas. El deseo y la verdad no eran playas nocturnas separadas por aguas navegables. En París quedarían las calles que nunca volverían a recorrer sin el temor de ser señalados, los estanques en los que sus sonrisas no se verían reflejadas, las gentes con quienes no volverían a hablar. Terminar como extranjeros en su propia tierra no sería mejor que perdurar olvidados lejos de ella. Así caviló en profundidad durante horas, sin escuchar a los extraños animales que tomaban la noche, sin advertir los desconsolados pasos de Agnès dirigiéndose al camastro. Tal era su convicción que, a fuerza de replanteos e intuiciones, terminó por tropezar con una idea audaz, en exceso arriesgada. Incluso de entrada la hubiese rechazado por superar el propósito inicial.
Etiquetas:
La Chanson du déserteur
•

0 comentarios:
Publicar un comentario